
Una de las enseñanzas más importantes que nos dejó nuestro Señor Jesucristo tiene que ver con el funcionamiento del Reino de Dios: o sea como prospera la voluntad de Dios en los creyentes que le son obedientes.
Leamos la parábola del sembrador (Mr. 4:3-9):
“Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga.”
Esta parábola puede se explicada de dos maneras distintas. La primera explicación nos la pueden dar los hombres de campo expertos en sembrar semillas, quienes nos pueden explicar porque motivo la semilla da distintos resultados de acuerdo al tipo de terreno y su circunstancia. No vamos a ver ahora esa explicación de la naturaleza. Sólo vamos a extraer la enseñanza que la realidad no es homogénea por lo cual a una misma acción corresponden distintos resultados.
La segunda explicación nos la da nuestro Señor, quien relaciona la verdad que Dios nos da por medio de la naturaleza con la verdad de la obra que Dios hace en los corazones de los hombres por medio de su Palabra. Veamos su explicación: (versículo 14) “El sembrador es el que siembra la palabra”. O sea, Jesucristo es el sembrador que comenzó la predicación de la palabra de Dios (semilla). Los distintos suelos corresponden con los distintos corazones de los hombres, para los cuales corresponden distintos resultados, a pesar que la palabra es la misma. Lo que distingue a la buena tierra es que oye la palabra y el fruto lo da Dios.
Lo que diferencia a las distintas tierras (corazones) es el tratamiento que cada uno le da a la palabra oída. Y sólo la buena tierra es fielmente obediente, ¿pero cual es el mandamiento a obedecer?
Dice Mr 4:3 “ Oíd …” y Mr 4:9 “ … El que tiene oídos para oír , oiga.” El mandamiento a seguir es oír la palabra de Dios, lo cual comienza cuando oímos la lectura de la Palabra (leída por otro o por uno mismo), pero la obediencia se concreta cuando en distintas circunstancias oímos en recuerdo lo oído anteriormente. O sea que la obediencia demandada corresponde a un hecho interior del hombre (hacer recordación de la Palabra de Dios oída) y no a un hecho exterior que algún hombre pudiere verificar. Y como es un hecho interior del hombre, sólo Dios lo puede constatar. Y además sólo El puede hacer brotar los buenos frutos al que obedece.
Josué 1:8 dice: “ Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.”
Salmos 1:2-3 dice: “ Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará.”
Mr 4:26-27 “ Decía además: Así es reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que el sepa cómo.”
Es claro, la recordación de la palabra oída determina la obediencia, a lo cual Dios corresponde haciendo brotar la semilla y a su tiempo llega el fruto.
No sabemos cómo hace la semilla para brotar y dar fruto. Tampoco sabemos como la recordación de la Palabra de Dios nos lleva a dar fruto agradable a Dios, ¡pero funciona! ¡A Dios sea la gloria!
Dijo el Señor a la gente de Judá que se rebeló contra El (Jer 11:7-8): “ Porque solemnemente protesté a vuestros padres el día que les hice subir de la tierra de Egipto, amonestándoles desde temprano y sin cesar hasta el día de hoy, diciendo: Oíd mi voz. Pero no oyeron, ni inclinaron su oído antes se fueron cada uno tras la imaginación de su malvado corazón; por tanto, traeré sobre ellos todas las palabras de este pacto, el cual mandé que cumpliesen, y no lo cumplieron.”
También el Señor dijo siete veces a las siete iglesias del Apocalipsis: “ El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”
Y el ángel le dijo a Juán en el Apocalipsis: “ … yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro…” Quiere decir que por guardar la Palabra de Dios llegamos a ser consiervos del ángel, de Juán y de los profetas.
Apocalipsis 22:7 dice: “¡He aquí vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro.”
Dijo Jesús (Jn 14:23): “ … El que me ama mi palabra guardará; y mi padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.”
De lo visto se desprende la importancia de memorizar versículos y recordarlos en todo tiempo. ¡Dios da el fruto. A El sea la gloria!
Leamos la parábola del sembrador (Mr. 4:3-9):
“Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga.”
Esta parábola puede se explicada de dos maneras distintas. La primera explicación nos la pueden dar los hombres de campo expertos en sembrar semillas, quienes nos pueden explicar porque motivo la semilla da distintos resultados de acuerdo al tipo de terreno y su circunstancia. No vamos a ver ahora esa explicación de la naturaleza. Sólo vamos a extraer la enseñanza que la realidad no es homogénea por lo cual a una misma acción corresponden distintos resultados.
La segunda explicación nos la da nuestro Señor, quien relaciona la verdad que Dios nos da por medio de la naturaleza con la verdad de la obra que Dios hace en los corazones de los hombres por medio de su Palabra. Veamos su explicación: (versículo 14) “El sembrador es el que siembra la palabra”. O sea, Jesucristo es el sembrador que comenzó la predicación de la palabra de Dios (semilla). Los distintos suelos corresponden con los distintos corazones de los hombres, para los cuales corresponden distintos resultados, a pesar que la palabra es la misma. Lo que distingue a la buena tierra es que oye la palabra y el fruto lo da Dios.
Lo que diferencia a las distintas tierras (corazones) es el tratamiento que cada uno le da a la palabra oída. Y sólo la buena tierra es fielmente obediente, ¿pero cual es el mandamiento a obedecer?
Dice Mr 4:3 “ Oíd …” y Mr 4:9 “ … El que tiene oídos para oír , oiga.” El mandamiento a seguir es oír la palabra de Dios, lo cual comienza cuando oímos la lectura de la Palabra (leída por otro o por uno mismo), pero la obediencia se concreta cuando en distintas circunstancias oímos en recuerdo lo oído anteriormente. O sea que la obediencia demandada corresponde a un hecho interior del hombre (hacer recordación de la Palabra de Dios oída) y no a un hecho exterior que algún hombre pudiere verificar. Y como es un hecho interior del hombre, sólo Dios lo puede constatar. Y además sólo El puede hacer brotar los buenos frutos al que obedece.
Josué 1:8 dice: “ Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.”
Salmos 1:2-3 dice: “ Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará.”
Mr 4:26-27 “ Decía además: Así es reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que el sepa cómo.”
Es claro, la recordación de la palabra oída determina la obediencia, a lo cual Dios corresponde haciendo brotar la semilla y a su tiempo llega el fruto.
No sabemos cómo hace la semilla para brotar y dar fruto. Tampoco sabemos como la recordación de la Palabra de Dios nos lleva a dar fruto agradable a Dios, ¡pero funciona! ¡A Dios sea la gloria!
Dijo el Señor a la gente de Judá que se rebeló contra El (Jer 11:7-8): “ Porque solemnemente protesté a vuestros padres el día que les hice subir de la tierra de Egipto, amonestándoles desde temprano y sin cesar hasta el día de hoy, diciendo: Oíd mi voz. Pero no oyeron, ni inclinaron su oído antes se fueron cada uno tras la imaginación de su malvado corazón; por tanto, traeré sobre ellos todas las palabras de este pacto, el cual mandé que cumpliesen, y no lo cumplieron.”
También el Señor dijo siete veces a las siete iglesias del Apocalipsis: “ El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”
Y el ángel le dijo a Juán en el Apocalipsis: “ … yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro…” Quiere decir que por guardar la Palabra de Dios llegamos a ser consiervos del ángel, de Juán y de los profetas.
Apocalipsis 22:7 dice: “¡He aquí vengo pronto! Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro.”
Dijo Jesús (Jn 14:23): “ … El que me ama mi palabra guardará; y mi padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.”
De lo visto se desprende la importancia de memorizar versículos y recordarlos en todo tiempo. ¡Dios da el fruto. A El sea la gloria!
Autor: M.A.